5 de marzo de 2023

Siete vidas



Íbamos en el furgón rumbo al colegio cuando de pronto alguien gritó "¡Un gato muerto!¡miren!". Todos dejamos de hablar y bajamos la mirada buscando al pobre gatito pardo que estaba tendido justo en medio de la calle, sobre la que destacaban las manchas de sangre y su pelaje atigrado. Incluso el tío del furgón bajó la velocidad para verlo él también, pero no le dio importancia. Imagino que era una escena ya común para él. Pero no para los niños del furgón, cuya conversación giraba ahora no entorno al gatito, sino a su sangre esparcida en la calle "como de película"—decían—, y a lo cómico que se veía así, casi irreconocible. Todos reían y yo me aguantaba la rabia. Mi amigo, que iba sentado junto a mí, dijo sonriendo "Oigan, pero la abuelita del Vicente dice que es cierto que los gatos tienen siete vidas, ¿cierto, Vicho?". Yo no estaba seguro, me lo había dicho mi abuela una vez y se lo conté a él porque me gustaba pensar que así era, pero no estaba seguro. Además, no creía en ningún caso que eso justificara la muerte de un gatito, "¿y si esa era su última vida?", pensaba, pero no lo iba a decir, así que asentí y, queriendo calmarlos, dije "Sí. Mis abuelitos del campo igual. Me contaron que un día vieron uno de sus gatos muerto cerquita de una huerta, lo enterraron y al otro día andaba vivo y coleando como si nada. Yo lo conozco, es verdad". Me hicieron preguntas sobre el gato, cómo era y que si lo podía traer. Les conté que era un gato negro de ojos amarillos que daban miedo, de orejas triangulares bien puntiagudas y que casi siempre se lo veía empolvado de tierra. Algunos rieron y otros se sorprendieron. Les dije que no creía que mis abuelitos me dejaran traerlo, pero que les iba a preguntar cuando los fuera a visitar el fin de semana. Pusieron cara de decepción y después de pedirme que de verdad lo intentara, se dieron vuelta hacia sus puestos. Yo no dejaba de pensar "¿Y si era su séptima vida?". Habían dejado de hablar del gatito y ahora todos escuchaban a la tía del furgón quien, desde el momento en que vimos al gatito muerto, no dejó de hablar de un gato de no-sé-qué raza que le había regalado a su hija; decía que seguro era lo bastante astuto como para no cruzarse por la calle cuando viene un vehículo; habló también de su hermoso pelaje. Para la tía estos accidentes eran algo propio de los gatos tontos o sin dueño.

Yo no me lo explicaba; tenía un nudo en la garganta. Me imaginaba a mí mismo tendido ahí en la calle, aplastado: muerto; atropellado y dejado ahí sin mayor lamento; y que, el pensamiento del accidente que había causado mi muerte no duraba ni poco más de un minuto, para luego, tal vez, ser evocado como un pequeño infortunio, incluso con gracia, a las demás personas en la casa donde tal vez se dirigía el vehículo, quienes sin saber nada estarían convencidos de que el culpable de este pequeño evento fatídico, por su estupidez e imprudencia, no era nadie más que yo.

Quería decirle al gatito que yo lo entendía, que deseaba que no fuera su última vida y, de ser así, que no tomara venganza con los niños —porque yo pensaba que los gatitos más mañosos, temerosos y violentos con los humanos eran así porque habían muerto por culpa de alguno—. Me sentía culpable y quería pedirle perdón en nombre de quien lo atropelló y de todos los que íbamos en el furgón; en nombre de quienes se rieron, del tío acostumbrado a la muerte de los gatitos y de la tía que lo desplazó hablando de otro gato mejor. En nombre de todos. El nudo en la garganta me dolía mucho, como si entre dos personas en quienes yo confiara mucho tiraran uno de cada extremo apretándolo cada vez más, y el nudo, que cada vez era más diminuto, llegó a un punto en que, como rendido, se desató de golpe. Apoyé mi cabeza en el respaldo del asiento de adelante y lloré desconsoladamente. Sentí que mis compañeros del furgón me rodeaban, hasta que llegamos al colegio y todos tuvieron que bajar excepto yo, que me llevarían de vuelta a casa porque no había caso con mi llanto.

Así me fui recostado en el último asiento de atrás, y ya en casa me puse a pensar que mis amigos del furgón se reirían de mi llanto igual como se rieron del pobre gatito atropellado, pero no me importó, porque ellos no tienen idea y porque, además, han pasado muchos años desde que ocurrió todo esto. Pero debo decir que incluso ahora, ver un gato atropellado me causa siempre la misma impresión y sensación que la primera vez. Siempre. Como cuando íbamos caminando con mi mujer y me quedé ahí parado un rato frente a un pobre animalito que ya no era más que una irregularidad en el asfalto. Seguimos caminando, pero yo no podía evitar pensar en el gato y en un montón de otras cosas como las que decía mi abuela sobre las vidas de los gatos, y empecé a recordar cosas de infancia, otros breves eventos que desearía nunca hubieran pasado o nunca hubiera visto.