Yo no me lo explicaba; tenía un nudo en la garganta. Me imaginaba a mí mismo tendido ahí en la calle, aplastado: muerto; atropellado y dejado ahí sin mayor lamento; y que, el pensamiento del accidente que había causado mi muerte no duraba ni poco más de un minuto, para luego, tal vez, ser evocado como un pequeño infortunio, incluso con gracia, a las demás personas en la casa donde tal vez se dirigía el vehículo, quienes sin saber nada estarían convencidos de que el culpable de este pequeño evento fatídico, por su estupidez e imprudencia, no era nadie más que yo.
Quería decirle al gatito que yo lo entendía, que deseaba que no fuera su última vida y, de ser así, que no tomara venganza con los niños —porque yo pensaba que los gatitos más mañosos, temerosos y violentos con los humanos eran así porque habían muerto por culpa de alguno—. Me sentía culpable y quería pedirle perdón en nombre de quien lo atropelló y de todos los que íbamos en el furgón; en nombre de quienes se rieron, del tío acostumbrado a la muerte de los gatitos y de la tía que lo desplazó hablando de otro gato mejor. En nombre de todos. El nudo en la garganta me dolía mucho, como si entre dos personas en quienes yo confiara mucho tiraran uno de cada extremo apretándolo cada vez más, y el nudo, que cada vez era más diminuto, llegó a un punto en que, como rendido, se desató de golpe. Apoyé mi cabeza en el respaldo del asiento de adelante y lloré desconsoladamente. Sentí que mis compañeros del furgón me rodeaban, hasta que llegamos al colegio y todos tuvieron que bajar excepto yo, que me llevarían de vuelta a casa porque no había caso con mi llanto.
Así me fui recostado en el último asiento de atrás, y ya en casa me puse a pensar que mis amigos del furgón se reirían de mi llanto igual como se rieron del pobre gatito atropellado, pero no me importó, porque ellos no tienen idea y porque, además, han pasado muchos años desde que ocurrió todo esto. Pero debo decir que incluso ahora, ver un gato atropellado me causa siempre la misma impresión y sensación que la primera vez. Siempre. Como cuando íbamos caminando con mi mujer y me quedé ahí parado un rato frente a un pobre animalito que ya no era más que una irregularidad en el asfalto. Seguimos caminando, pero yo no podía evitar pensar en el gato y en un montón de otras cosas como las que decía mi abuela sobre las vidas de los gatos, y empecé a recordar cosas de infancia, otros breves eventos que desearía nunca hubieran pasado o nunca hubiera visto.