22 de julio de 2014

Occido

Estos últimos días han sido diferentes. O quizá sean meses.
Me desconozco, no puedo dejar de pensarlo, y es que desde un tiempo hasta hoy me he sentido como fuera de mí misma, sobre todo ayer. Días en que, al acostarme y ponerme a recapitular la jornada, encuentro lagunas en las que no recuerdo qué hice ni dónde estuve. A veces me recuerdo caminando en algún lugar sin recordar por qué ni cómo llegué ahí, entonces me detengo y me aferro desesperadamente a la, en ese momento, improbable posibilidad de que todos mis recuerdos, incluyendo saber quién soy, vuelvan a mí. Lo que algunas veces tarda más que otras. Por ejemplo, recuerdo una vez que ocurrió cerca de casa: seguí caminando sin saber dónde iba y, tras un minuto, recordé que había salido a comprar el pan. Otra vez fue en un pasillo del instituto: olvidé todo mi horario. Me senté en una de las bancas, pero no fue sino tras casi una hora que recordé todo: sala, clase, profesor. Creí que había clases, pero me equivoqué: para cuando fui a la sala ya no había nadie excepto el profesor, quien revisaba las pruebas que acababan de rendir mis demás compañeros. A veces sucede así, que los recuerdos me llegan con una pieza que, aunque coincide perfectamente con el rompecabezas, no le corresponde. Recuerdo también una vez en que me ocurrió casi a mediodía mientras iba caminando por el centro. Pasó una hora... dos, y no recordaba nada. Me apegué a una pared, y ahí me quedé sentada creyendo que nunca iba a terminar, hasta que anocheció.

Ya ni siquiera puedo hacer planes. 

Lo extraño es que hay cosas concretas que recuerdo muy bien. Como ayer en el pasillo del instituto donde me encontré con él. No recuerdo más que su rostro y el atardecer. Sus ojos caídos, cargados de naranjo, ígneos, como si en ellos se reflejara el sol mejor que en ningún otro lugar. Recuerdo tan bien sus ojos tristes. No recuerdo más. Creo que lo soñé. Como estos sueños que me atormentan todas las noches, donde me veo como una anciana en pijama, andando en silla de ruedas por un pasillo como los del instituto. En el sueño las luces me deslumbran y suelo ver las cosas como a través de un lente empañado. No puedo dejar de sentir un desasosiego aterrador al no saber qué hago soñando estos recuerdos que no son míos, donde todo se siente tan real: el frío, el aire en mis pulmones, el peso de la ropa, mi piel arrugada, el dolor en mis oídos al oír la muchedumbre. Una vez me vi sentada ante una mesa, frente a una mujer que lloraba. Traté de consolarla recordando las palabras de mi fallecida abuela sobre el tacto. "Tranquila, señora", le decía tomando sus manos, pero no hice más que empeorarlo. 

Ya recuerdo: después del encuentro en el pasillo me fui, no sabía dónde, pero me fui. Entré a una sala donde ya empezaba una clase de biología. Apagaron las luces y encendieron el proyector. Pensé en salir. Quería salir, pero no me pude mover. Me convencí de quedarme. Me fue cautivando cómo la vida se resuelve en detalles y va desarrollándose en diminutos acertijos que al final, como si en una travesura hubieran escapado de la mirada de Dios, fueran más allá de lo material, transgrediendo lo físico y terminando por conformar todo esto que somos: nuestra memoria. Irónicamente se nos presenta en una forma que no podemos entender ni configurar. El único rol que podemos cumplir en su juego es el de espectadores con un ilusorio sentido de propiedad sobre su memoria, cuando en realidad es al revés: Somos espectadores de lo que somos.

He llegado a pensar que estos sueños son consecuencia de alguna patología, y que estos recuerdos no son más que un padecimiento. Creo que ahora entiendo a mi abuela cuando, balanceándose en su mecedera donde se sentaba cuando ya estaba cansada de todo, suspiraba y me decía que la realidad es algo que cede con mucha facilidad, y que es un alivio tremendo saber quién se es. Aunque ya ni me recordaba, y me llamaba por el nombre de mi madre.