A veces estamos tan en paz, y otras veces me atormenta, un niño que mal he aprendido a esconder en un rincón de mi playa.
"¿Qué voy a hacer cuando se vaya?
¿Qué va a pasar cuando se vaya?
¿Quién unirá todo esto?"
¿Qué va a pasar cuando se vaya?
¿Quién unirá todo esto?"
Trato de calmarlo, lo cuido, le digo que no tenga miedo. A veces, cuando le explico que es algo natural me entiende, otras veces es peor.
De vez en cuando lo llevo a pasear por el jardín. Es necesario. Miro hacia el cielo o al mar para él, para que tenga algo de eso.
Le gusta el mar, mucho. Creo que, al igual que con otros sonidos, lo calma el estruendo constante de las olas sobre sí una y otra vez. Pero más que por el sonido yo creo que se pierde en ese oleaje, que es lo más parecido a algo realmente infinito en su constancia. A veces yo mismo me encuentro hipnotizado mirando al mar, y a este niño tan absorto, y vuelvo a mirar al mar, y así podemos estar una hora, hasta que alguien me pregunta "¿Estás bien?"... ¿Estás bien?¿Cómo no estar bien? Cuando nos vamos, se viene todo el camino contándome sobre el mar, sus impresiones, todo contento, y puede perderse tanto en ellas que incluso olvida preguntarme cuándo vamos a volver, y no hay quién lo interrumpa más que el sueño. Una noche nos quedamos hablando harto rato cerca de la estufa hasta que se quedó dormido y, cuando me acerqué a tenderle un abrigo sobre su cuerpito acurrucado veo que tiene una pequeña caracola entre sus manos. Una caracola, ¿en qué momento?
Le gusta el mar, mucho. Creo que, al igual que con otros sonidos, lo calma el estruendo constante de las olas sobre sí una y otra vez. Pero más que por el sonido yo creo que se pierde en ese oleaje, que es lo más parecido a algo realmente infinito en su constancia. A veces yo mismo me encuentro hipnotizado mirando al mar, y a este niño tan absorto, y vuelvo a mirar al mar, y así podemos estar una hora, hasta que alguien me pregunta "¿Estás bien?"... ¿Estás bien?¿Cómo no estar bien? Cuando nos vamos, se viene todo el camino contándome sobre el mar, sus impresiones, todo contento, y puede perderse tanto en ellas que incluso olvida preguntarme cuándo vamos a volver, y no hay quién lo interrumpa más que el sueño. Una noche nos quedamos hablando harto rato cerca de la estufa hasta que se quedó dormido y, cuando me acerqué a tenderle un abrigo sobre su cuerpito acurrucado veo que tiene una pequeña caracola entre sus manos. Una caracola, ¿en qué momento?
Me recordó cuando yo era niño y también creía ese cuento de que al poner una caracola en el oído uno escucha el mar, pero no se lo he dicho, lo dejo creer.