El peso de lo que queda de vida cae sobre mis hombros.
Mi abuela murmuraba entre el llanto algo que olvidé.
Fui paciente.
Nunca fue tan triste escuchar que alguien me dijera "Haz lo que quieras, disfruta tu vida" como cuando me lo dijo el médico.
No sabía cómo contárselo a mis padres. Cuando era niño y me caía o me hacía daño me sermoneaban; tal vez por no ser perfecto, tal vez por no ser capaz de evitar que cosas estúpidas me sucedieran, pero ¿qué dirían ahora? Cuando lo supe no pude evitar sentirme aún más triste: en parte por su silencio interrumpido por llantos; en parte por sentirme culpable de mi condición.
Recuerdo cuando era niño y, en un ataque de rabia, le grité "¡No eres mi papá!". —Aún no sabía yo que él era mi padre adoptivo—. Sin embargo solo sonrió, como compadeciéndose, para luego decirme "Sí soy tu papá, y te amo, hijo". Sentí tanta rabia al escucharlo. Quería, en mi inmadurez, causar alguna inquietud en el mundo, pero todo lo que hacía era inútil. No entendía cómo con tanto odio no podía siquiera remecer un poco, ni por un instante, el amor de alguien que, como única condición para amarme, me pedía estar ahí, y que aún me amaba cuando yo no estaba. Aún cuando le daba la espalda y lo ignoraba cuando me buscaba. Aún cuando lo olvidaba por completo, por meses enteros. Y aunque nunca sabré cuánto, yo me daba cuenta de cómo esto le afectaba. Lo notaba en su ánimo. Mi indiferencia lo hacía tan vulnerable.
Me sorprendo de mí al descubrir que recuerdo tan vívidamente cuando dormíamos juntos en las noches de lluvia, jugando a hacer sonidos con la boca o decir palabras que comenzaran con tal letra, hasta quedarnos dormidos. Hasta que el peso de nuestro día caía sobre nosotros.