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Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
y las nubes perecieron; La oscuridad no necesitaba
de su ayuda: Ella era el universo."
Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
Era de noche y vagaba yo por un bosque sin caminos, hasta que llegaba a un claro.
En él había algo que parecía una pileta o un ancho abrevadero de fondo negro, que reflejaba las estrellas.
Alcé la mirada y vi las estrellas girando en pequeños remolinos,
la impresión me atravesó y supe que estaba en ese lugar porque había muerto.
Estaba perdido.
De pronto oí un aullido lejano y entonces pude distinguirlo apenas entre la oscuridad al otro lado de la pileta.
Era alto y delgado. Llevaba un largo poncho negro y un sombrero.
Caminé hasta el otro lado de la pileta, frente a él.
—¿Puedes ayudarme a salir de aquí? —le pregunté, de alguna forma sabiendo que no contestaría, y solo esbozó una sonrisa.
—Acabas de llegar.
—...
—No finjas. Sé cuánto te duelen los huesos y la carne, como si se repelieran y ya no quisieran ser parte de ti.
Me sorprendió que lo supiera, pero luego entendí que no podía ser de otra forma. ¿Acaso mi alma le pertenece?... ¡Dios!¡Qué hice!
—Es cierto —contesté.
—Todo lo que fuiste ahora es una herida abierta y, las huellas que dejaste, ahora arden en tu pecho. Todo lo que lograste es tu debilidad.
A medida que me hablaba sentía que crecía dentro de mí una extraña atracción hacia el fondo negro de la pileta.
—¿Qué hiciste con tu oportunidad? Duele lo que no será; tus propias ilusiones ahogaste con tu estupidez. Recuerda cuando dijiste que nunca matarías a nadie y mira lo que hiciste.
—Espera.
Estruendos metálicos sonaban entre los árboles y la débil imagen de ella apareció en el fondo. Sentí un miedo terrible.
¿Si ya estaba muerto, qué me esperaba ahora?
—Le diste la espalda a tu propio futuro que te esperaba tan pacientemente. Mataste el único universo en el que eras realmente feliz. Te hice sentir cuántos presentimientos y a ninguno correspondiste.
Estaba condenado. Todo lo que dijo era cierto. Nada ni nadie me esperaba ahora salvo el fondo de aquel abismo del que me iba sintiendo parte cada vez más. Ya le pertenecía, y no había nada que pudiera hacer.
Caí de rodillas y miré mis manos, que estaban manchadas de negro.
Miré al cielo y vi un ave planeando. De pronto abrió sus alas con fuerza y entonces grité, sin saber lo que decía:
—¡El calor ínfimo y tan efímero que queda en el aire tras el vuelo del ave libre!
—Eres libre.