31 de diciembre de 2013

Noche blanca

"Mi flor es efímera —se dijo el principito —y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y la he dejado allá sola en mi casa!"


Viajó cerca de dos horas y llegó a mi casa a eso de medianoche diciendo que quería verme, que era urgente. Caminamos, o al menos eso hacía yo mientras ella iba de un lado a otro por las calles, jugando con lo que encontrara. Llegamos al cementerio. Tenía esa mierda blanca en los labios y parte de sus mejillas, y sangre en su nariz que caía hasta su boca, pero no le dije nada, siempre sangraba y yo no la quería interrumpir. Decía que todo estaba mal, y que estaba arrepentida. No dejaba de hablar de cómo las circunstancias determinan todo lo que viene a suceder. Que "somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros" y esas cosas existenciales, y que Dostoyevski era el verdadero. 

Nos sentamos bajo un alto mausoleo que hacía sombra a la luz de la luna, frente a unos nichos desgastados y deteriorados por el inevitable paso del tiempo. Después de un silencio dijo que sentía una debilidad en el cuerpo que no podía soportar, que no sabía si era la ansiedad o los nervios, y que lo odiaba. Tomé sus manos, pálidas y frías, que temblaban. Sus yemas estaban levemente más oscuras que el resto de sus dedos. Noté una debilidad en sus párpados y, sin darme cuenta, me acerqué. Todo su cuerpo se movía mientras me hablaba. Dijo que era la primera persona a quien no pretendía herir y que me quería de una forma que no creía posible. 

Lloraba. 

El aire era casi tibio, y el universo entero era el silencioso preámbulo a su voz. 

Me miró a los ojos, me perdí en esa mirada y me besó. Nos besamos largo rato. Algo del polvo blanco quedó en mis labios y se iba mezclando con su sangre. Luego retrocedió, mirándome y, antes de irse dijo cosas sobre un mecanismo de autodestrucción que, en ese momento, no entendí; que la fulguración era la única salida, y que no me iba a extrañar. 

Se fue, y ahí estaba yo, solo en el cementerio, preguntándome cuántos ahí enterrados habrían sentido alguna vez lo que estaba sintiendo yo. 

Dos días después supe que se había suicidado en las ruinas de la antigua refinería abandonada de la ciudad. La única carta que dejó era para el padre y único familiar de su hija de tres años, a quien él ni siquiera recordaba.

26 de diciembre de 2013

La lluvia que no vuelve

Para Osvaldito


Confieso que un día recordé que no éramos hermanos. 

Recordé también aquella vez que nos sentamos a mirar la lluvia mientras yo fumaba un cigarro y tú, que no podías, me preguntaste si sentía cosquillas al exhalar el humo. Te encantaba mirar el humo y seguirlo hasta que se desvanecía totalmente en el aire.

Yo decía que las gotas sólo se dejaban caer y te explicaba la gravedad con mil palabras y malabares, pero tú insistías en que Dios las empujaba hasta que reventaban en alguna superficie. Callabas hasta que te miraba con cara de curiosidad y entonces me explicabas que las gotas estaban condenadas a ser empujadas hacia abajo y que, mientras eran presionadas por Dios, éste les daba vida, una vida corta y fría, y, en cierta forma, yo te entendía. Decías que tú eras como una de esas gotas de lluvia, pero que a diferencia de ellas tu condena era caer en soledad y yo sólo te entendía. 

No pude hacer más que entenderte.

Te fuiste demasiado pronto, como una de esas gotas de lluvia que tanto admirabas. Pero tú venías de una lluvia muy diferente: Eras la primera y solitaria lágrima que va acariciando tibia y tiernamente la mejilla hasta perderse, demasiado pronto, en la comisura de los labios.