Estos últimos días han sido diferentes. O quizá sean meses.
Me desconozco, no puedo dejar de pensarlo, y es que desde un
tiempo hasta hoy me he sentido como fuera de mí misma, sobre todo ayer. Días en
que, al acostarme y ponerme a recapitular la jornada, encuentro lagunas en las
que no recuerdo qué hice ni dónde estuve. A veces me recuerdo caminando en
algún lugar sin recordar por qué ni cómo llegué ahí, entonces me detengo y me
aferro desesperadamente a la, en ese momento, improbable posibilidad de que
todos mis recuerdos, incluyendo saber quién soy, vuelvan a mí. Lo que algunas
veces tarda más que otras. Por ejemplo, recuerdo una vez que ocurrió cerca de
casa: seguí caminando sin saber dónde iba y, tras un minuto, recordé que había
salido a comprar el pan. Otra vez fue en un pasillo del instituto: olvidé todo mi
horario. Me senté en una de las bancas, pero no fue sino tras casi una hora que
recordé todo: sala, clase, profesor. Creí que había clases, pero me equivoqué: para cuando fui a la sala ya no había nadie excepto el profesor, quien revisaba las pruebas que acababan de rendir mis demás compañeros. A veces
sucede así, que los recuerdos me llegan con una pieza que, aunque coincide
perfectamente con el rompecabezas, no le corresponde. Recuerdo también
una vez en que me ocurrió casi a mediodía mientras iba caminando por el centro.
Pasó una hora... dos, y no recordaba nada. Me apegué a una pared, y ahí
me quedé sentada creyendo que nunca iba a terminar, hasta que anocheció.
Ya ni siquiera puedo hacer planes.
Lo extraño es que hay cosas concretas que recuerdo muy bien. Como ayer en el pasillo del instituto donde me encontré con él. No recuerdo más que su rostro y el atardecer. Sus ojos caídos, cargados de naranjo, ígneos, como si en ellos se reflejara el sol mejor que en ningún otro lugar. Recuerdo tan bien sus ojos tristes. No recuerdo más. Creo que lo soñé. Como estos sueños que me atormentan todas las noches, donde me veo como una anciana en pijama, andando en silla de ruedas por un pasillo como los del instituto. En el sueño las luces me deslumbran y suelo ver las cosas como a través de un lente empañado. No puedo dejar de sentir un desasosiego aterrador al no saber qué hago soñando estos recuerdos que no son míos, donde todo se siente tan real: el frío, el aire en mis pulmones, el peso de la ropa, mi piel arrugada, el dolor en mis oídos al oír la muchedumbre. Una vez me vi sentada ante una mesa, frente a una mujer que lloraba. Traté de consolarla recordando las palabras de mi fallecida abuela sobre el tacto. "Tranquila, señora", le decía tomando sus manos, pero no hice más que empeorarlo.
Lo extraño es que hay cosas concretas que recuerdo muy bien. Como ayer en el pasillo del instituto donde me encontré con él. No recuerdo más que su rostro y el atardecer. Sus ojos caídos, cargados de naranjo, ígneos, como si en ellos se reflejara el sol mejor que en ningún otro lugar. Recuerdo tan bien sus ojos tristes. No recuerdo más. Creo que lo soñé. Como estos sueños que me atormentan todas las noches, donde me veo como una anciana en pijama, andando en silla de ruedas por un pasillo como los del instituto. En el sueño las luces me deslumbran y suelo ver las cosas como a través de un lente empañado. No puedo dejar de sentir un desasosiego aterrador al no saber qué hago soñando estos recuerdos que no son míos, donde todo se siente tan real: el frío, el aire en mis pulmones, el peso de la ropa, mi piel arrugada, el dolor en mis oídos al oír la muchedumbre. Una vez me vi sentada ante una mesa, frente a una mujer que lloraba. Traté de consolarla recordando las palabras de mi fallecida abuela sobre el tacto. "Tranquila, señora", le decía tomando sus manos, pero no hice más que empeorarlo.
Ya recuerdo: después del encuentro en el pasillo me fui, no sabía
dónde, pero me fui. Entré a una sala donde ya empezaba una clase de biología.
Apagaron las luces y encendieron el proyector. Pensé en salir. Quería salir,
pero no me pude mover. Me convencí de quedarme. Me fue cautivando cómo la vida
se resuelve en detalles y va desarrollándose en diminutos acertijos que al
final, como si en una travesura hubieran escapado de la mirada de Dios, fueran
más allá de lo material, transgrediendo lo físico y terminando por conformar
todo esto que somos: nuestra memoria. Irónicamente se nos presenta en una forma
que no podemos entender ni configurar. El único rol que podemos cumplir en su
juego es el de espectadores con un ilusorio sentido de propiedad sobre su
memoria, cuando en realidad es al revés: Somos espectadores de lo que somos.
He llegado a pensar que estos sueños son
consecuencia de alguna patología, y que estos recuerdos no son más que un
padecimiento. Creo que ahora entiendo a mi abuela cuando, balanceándose en
su mecedera donde se sentaba cuando ya estaba cansada de todo, suspiraba y me decía
que la realidad es algo que cede con mucha facilidad, y que es un alivio
tremendo saber quién se es. Aunque ya ni me recordaba, y me llamaba por el nombre
de mi madre.