Vuelvo a lo cotidiano y descanso un poco en una conversación sobre la leña para este invierno y si es mejor esperar, esperar qué, pregunto, porque me distraje en la proyección en unos meses más de la mudanza de mi tía a la casa de su amiga aquí cerca, a unos quince minutos en bus, para poder estar más cerca de su mamá, y en que quizás si hoy fuera el miércoles pasado no me sentiría tan desplazado y todo tendría algo más de sentido.
Desde su almohada me preguntó casi con una sonrisa si lo que sonaba era la lluvia y le expliqué, arrepintiéndome a tropezones de odio propio luego de cada palabra, que solo era el sonido del agua hirviendo para ofrecerle un té a su amiga que vino a visitarla desde Parral, a la que acompañé en su descanso en el porche de la entrada mientras me ponía al día sobre algunos familiares lejanos con los que no tengo ningún tipo de contacto, fingiendo un interés, ya desgastado de tanto repetir, en esas vidas en las que, al igual que en la mía, no ocurría nunca ningún cambio significativo o que mereciera la pena mencionar respecto a la última vez que supe algo de ellos, por lo que solo me pudo contar otra vez detalles sin importancia de los que no podía concluir si estaban bien porque seguían igual de mal o si el hecho de seguir igual de mal implicaba que estaban peor que antes, y otras cosas como que tengo que ser justo con lo que decidí a pesar del momento delicado que enfrentábamos como familia, estar a la altura del ayer para proyectar mejor mi futuro, y entender y dar tiempo a quienes me dieron la espalda, que son enojos que se pasan.
En verdad lo pensé mientras y después de servirles té y empezar a cortar algunas astillas para la estufa. Pensé en esas cosas que solo se ven a contraluz pasado un tiempo, quizás cuánto, pero que desde mi perspectiva actual ni siquiera podía presentir como posibles y en su lugar solo sentía un nudo atroz en la garganta por haber causado la pena de quien nunca quise herir, aunque al hablarme fingiera en su voz alegría por mí y mis proyectos, que ahora más bien parecían obstáculos que no sé si tendría la fuerza ni el ánimo de llegar a concretar, porque nunca, y ahora ya malditamente tarde, me di cuenta de cuánto podía llegar a depender yo de quien siempre había dependido de mí, porque mientras la ayudaba a construir la vida que su cuerpo le permitía ignoraba que yo construía mi vida alrededor de la suya, y se la estaba quitando mientras dejaba los trozos preparados de leña en la bodega, convenciéndome de que eso podría llegar a compensar en algo el hecho de que para cuando se consumiera la última astilla ya no habría nada de mí aquí.