Devuélveme el nombre,
con tu techo abierto a todo,
tu talismán partido en dos
y los moretones en tu suelo
de madera desnuda.
El primer tomo de tus secretos:
las primeras nueces que jamás abrirás;
el segundo: el árbol abrazando la ventisca;
el tercero: el río llorándole a la premura;
el cuarto: la gradación del mar en la tierra;
el quinto: la pradera amordazada;
el sexto: la eterna beatitud pretendida.
Que no pueda pronunciar la verdad
sin despertar al cormorán negro
escondido en la garganta de la caverna,
con su paciencia deflagrada y garras de diamante;
su corazón empalagado de sombras,
consecuencias y cerraduras abiertas.
Pero esta vez no hay vuelo en picada
ni mudo zambullido en la entraña del mar,
sino una gota dulce y alargada
que surca el aire escondido, buscando el centro de la tierra,
interrumpida justo antes de romper en la piedra
por tu tobillo, ahora teñido de escarlata,
como el tibio epílogo de una historia sin vida.