Confieso que un día recordé que no éramos hermanos.
Recordé también aquella vez que nos sentamos a mirar la lluvia mientras yo fumaba un cigarro y tú, que no podías, me preguntaste si sentía cosquillas al exhalar el humo. Te encantaba mirar el humo y seguirlo hasta que se desvanecía totalmente en el aire.
Yo decía que las gotas sólo se dejaban caer y te explicaba la gravedad con mil palabras y malabares, pero tú insistías en que Dios las empujaba hasta que reventaban en alguna superficie. Callabas hasta que te miraba con cara de curiosidad y entonces me explicabas que las gotas estaban condenadas a ser empujadas hacia abajo y que, mientras eran presionadas por Dios, éste les daba vida, una vida corta y fría, y, en cierta forma, yo te entendía. Decías que tú eras como una de esas gotas de lluvia, pero que a diferencia de ellas tu condena era caer en soledad y yo sólo te entendía.
Recordé también aquella vez que nos sentamos a mirar la lluvia mientras yo fumaba un cigarro y tú, que no podías, me preguntaste si sentía cosquillas al exhalar el humo. Te encantaba mirar el humo y seguirlo hasta que se desvanecía totalmente en el aire.
Yo decía que las gotas sólo se dejaban caer y te explicaba la gravedad con mil palabras y malabares, pero tú insistías en que Dios las empujaba hasta que reventaban en alguna superficie. Callabas hasta que te miraba con cara de curiosidad y entonces me explicabas que las gotas estaban condenadas a ser empujadas hacia abajo y que, mientras eran presionadas por Dios, éste les daba vida, una vida corta y fría, y, en cierta forma, yo te entendía. Decías que tú eras como una de esas gotas de lluvia, pero que a diferencia de ellas tu condena era caer en soledad y yo sólo te entendía.
No pude hacer más que entenderte.
Te fuiste demasiado pronto, como una de esas gotas de lluvia que tanto admirabas. Pero tú venías de una lluvia muy diferente: Eras la primera y solitaria lágrima que va acariciando tibia y tiernamente la mejilla hasta perderse, demasiado pronto, en la comisura de los labios.
Te fuiste demasiado pronto, como una de esas gotas de lluvia que tanto admirabas. Pero tú venías de una lluvia muy diferente: Eras la primera y solitaria lágrima que va acariciando tibia y tiernamente la mejilla hasta perderse, demasiado pronto, en la comisura de los labios.